Garay, sesenta años y setenta kilómetros hacia la eternidad

En la vastedad abrasadora del Chaco, donde el sol parece quemar los huesos y el viento seco corta como cuchilla invisible, se escribió una de las más grandes gestas que el Paraguay guarda como llama sagrada. Era diciembre de 1934. El suelo ardía bajo las botas desgastadas y la esperanza se aferraba apenas a un hilo. Allí, en medio de ese infierno verde plagado de espinas, marañas y muerte acechante, un destacamento paraguayo emprendió la marcha más legendaria jamás contada. No era una orden, era un juramento.

Setenta y cinco kilómetros. Bajo temperaturas que rozaban los cuarenta y cinco grados. Con los labios partidos y los estómagos vacíos. Caminaron en silencio, apenas susurrando oraciones rotas. A la cabeza, un coronel de sesenta años, Eugenio Alejandrino Garay, con el alma herida por la noticia de la muerte de su esposa y la frente alzada por la patria. No pidió licencia. No pidió duelo. Solo pidió que su hijo pudiera despedirse por él, mientras él, con la sombra del dolor sobre sus hombros, conducía a sus hombres hacia la historia.

Mil cuatrocientos partieron. Solo trescientos llegaron. La sed era un enemigo más. Cada paso, un sacrificio. Cada sombra, un espejismo. Pero Garay caminaba. Caminaba y rezaba con el corazón hecho puño. Así lo relata el historiador Claudio Velázquez, quien rememora cómo esa marcha desafió todo cálculo humano y militar (Velázquez, citado en La Nación, 2021).

El 8 de diciembre, como surgidos de la tierra misma, los soldados paraguayos atacaron el fortín Yrendagüé. No bebieron una gota antes de lanzarse a la carga. Querían que el enemigo creyera que eran miles. Y lo creyeron. Las dos divisiones bolivianas que custodiaban el fortín, superando en número y recursos, huyeron en desbandada. Dejaron atrás armas, cuerpos, provisiones. La retirada fue tan desesperada que el sendero se recuerda como la Picada de la Desesperación. Aquel día, el nombre de Garay se grabó con sangre en la piedra de los héroes.

Conformaban la fuerza la Octava División de Infantería, compuesta por el Regimiento N.º 16 Mariscal López, al mando del mayor Lorenzo Medina; el N.º 18 Pitiantuta, del capitán Politeo Smith; y el Batallón 40, del teniente Ceferino Vega. Garay capturó los únicos pozos de agua dulce de la región y puso de rodillas a doce mil soldados bolivianos. Fue una victoria física y espiritual. De las que no se gritan, pero se sienten por generaciones (Portal Guaraní, 2024).

Garay no era un simple militar. Era una llama que ardía sin consumirse. Había sido echado del ejército, humillado, olvidado. Había trabajado como peón en el campo, había sido diplomático, periodista, funcionario y sobreviviente. Pero el Paraguay lo llamaba, y él siempre respondía. En Pampa Grande, se internó solo en las líneas enemigas y firmó personalmente el acta de rendición. Lo apodaban Avión Pyta por su rostro encendido y su carácter feroz. Pero más que sobrenombre, era una advertencia. Cuando se escuchaba su nombre, el silencio se hacía.

En su frase eterna vive el espíritu de una nación. “Epu’ã che ra’y ha jaha ñamano oñondive Yrendagüépe”. Levantate hijo mío y vamos a morir juntos en Yrendagüé. Pero no murieron. Ese día, el Paraguay venció. Ese día, el valor venció al número. Ese día, la sed fue vencida por la dignidad.

Y más allá de los cañones, más allá de la victoria militar, lo que ocurrió en ese diciembre de fuego fue una proeza humana. Fue una ofrenda de carne, hueso y alma por una patria que nunca pidió comodidades, solo entrega. Garay y sus hombres avanzaron como sombras bajo el sol, cruzando espinales que desgarraban la piel y arrancaban sangre. Caminaban con los pies en carne viva, tragando polvo, llorando en silencio, pensando tal vez que esa sería su última marcha. Pero no hubo quejas. Porque cuando un paraguayo jura defender su suelo, ni el desierto ni el infierno pueden detenerlo.

Los que llegaron a Yrendagüé no eran simplemente soldados. Eran fantasmas caminantes que encontraron, al final de la picada, la dignidad de todo un pueblo. La historia los ve como hombres, pero la patria los recuerda como gigantes.

Garay murió en 1937. Había dicho que solo le quedaba morir elegantemente, para reunirse con su esposa. Fue ascendido a general de la Nación de forma póstuma. Pero su verdadero ascenso fue en el corazón del pueblo. En cada escuela que lleva su nombre. En cada soldado que aún recita su historia. En cada lágrima que nace al recordar cómo, en el lugar más cruel del planeta, un puñado de hombres sedientos eligió no rendirse. Y eso, en la historia del Paraguay, es más que una victoria. Es una eternidad.

Autor: Lic. Hugo Alessandro Cicciolli Almada

Coordinador de Carrera de la Facultad de Educación a Distancia y Semipresencial

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