Héroes sin voz. Los caballos que no volvieron

Hoy recordamos Boquerón.
Recordamos a los hombres que combatieron bajo aquel sol despiadado, a quienes aprendieron que en el Chaco la sed podía ser más aterradora que una bala y a aquellos muchachos que continuaron avanzando aun cuando cada parte de su cuerpo les pedía detenerse.
Pero entre aquellos hombres hubo otros seres que también atravesaron la guerra.
Casi nunca hablamos de ellos.
No aparecen en los grandes discursos. Sus nombres no fueron grabados en monumentos. No recibieron medallas cuando terminó la contienda.
Fueron los caballos del Chaco.
Ellos también estuvieron allí.
Y también tuvieron sed.
Durante los combates de Boquerón, la provisión de agua constituyó uno de los problemas más graves para las fuerzas paraguayas. Las dificultades del abastecimiento llegaron a ser tan severas que hubo que reservar el líquido disponible para sostener a los combatientes. Los caballos quedaron sin la cantidad necesaria para sobrevivir y muchos perecieron en pocos días bajo aquellas condiciones extremas (Bejarano, 1965).
La historia puede contarlo en una sola línea.
Los caballos murieron.
Pero seguramente ninguno murió en una sola línea.
Hubo horas.
Hubo cansancio.
Hubo cuerpos debilitándose lentamente bajo un calor que no cedía.
Hubo animales buscando agua donde ya no existía.
Y hubo hombres obligados a mirarlos.
Las crónicas de la campaña conservaron una imagen particularmente dolorosa. Los animales llegaron a reconocer los vehículos encargados de transportar agua y los seguían esperando beber. Cuando los recipientes estaban vacíos, se acercaban a los soldados y buscaban entre vasijas y utensilios alguna gota que hubiera quedado (Mazacotte, 1983).
Detengámonos un instante allí.
Un caballo siguiendo un camión.
No porque alguien se lo ordenara.
No porque llevara un jinete sobre el lomo.
Lo seguía porque había aprendido que allí estaba el agua.
Quizás esa sea una de las imágenes más tristes que dejó aquella guerra.
El animal no sabía cuánto faltaba para Boquerón.
No sabía quién iba ganando.
No entendía por qué había disparos.
Solo tenía sed.
Y todavía confiaba en los hombres.
Imagino, únicamente como una posibilidad humana, a uno de aquellos soldados sentado junto a su caballo.
Los dos agotados.
Los dos con la boca seca.
El hombre conserva una cantimplora casi vacía.
El caballo acerca lentamente el hocico.
Probablemente había hecho aquel gesto muchas otras veces y siempre había ocurrido lo mismo.
Su jinete le daba agua.
Pero esta vez no.
Esta vez el hombre aparta la cantimplora.
No por crueldad.
Porque también está intentando sobrevivir.
Y el caballo no puede comprenderlo.
Tal vez vuelve a acercarse.
Quizás empuja suavemente la mano con el hocico.
Espera.
Porque los animales conocen nuestras rutinas, pero no nuestras guerras.
No sabe que esa pequeña cantidad de agua debe mantener vivo al hombre que tiene delante.
No sabe que existe una orden.
No sabe que el abastecimiento ha fallado.
No sabe siquiera que está en el Chaco.
Solo sabe que aquel hombre siempre lo cuidó.
Y sigue esperando que vuelva a hacerlo.
Eso es lo que duele.
No había un hombre indiferente y un animal abandonado.
Había dos seres exhaustos frente a una misma necesidad y agua suficiente solamente para uno.
Muchos soldados paraguayos provenían del campo. Habían crecido cerca de caballos, ganado y animales de trabajo. Para algunos de ellos, aquel compañero probablemente era una de las pocas cosas familiares dentro de un paisaje que se había convertido en pesadilla.
Tal vez durante las marchas le hablaban.
Los hombres suelen hacerlo.
No porque esperen una respuesta.
Sino porque a veces necesitamos decirle algo a alguien que no va a juzgarnos.
Quizás alguno le habló de su madre.
De su pueblo.
De una novia que esperaba.
De lo primero que haría cuando regresara.
El caballo solamente caminaba.
Eso sabía hacer.
Seguir.
Y durante un tiempo siguieron juntos.
Hasta que llegó un día en que dejó de poder hacerlo.
Quizás primero caminó más despacio.
Después empezó a quedarse atrás.
Tal vez el soldado tiró suavemente de las riendas.
Vamos.
Un poco más.
Pero no hubo un poco más.
Las patas ya no respondieron.
El animal cayó sobre aquella tierra caliente y el hombre comprendió algo para lo que ninguna instrucción militar podía prepararlo.
Tenía que dejarlo allí.
Puede que intentara levantarlo.
Puede que le acariciara el cuello.
Puede que simplemente permaneciera unos segundos a su lado.
No lo sabemos.
Y no necesitamos inventarlo.
Sabemos algo suficiente.
La guerra continuaba y él tenía que marcharse.
Eso quizás sea lo más cruel.
El caballo no sabía que estaba siendo abandonado por necesidad.
No sabía que su jinete también habría querido quedarse.
No podía entender por qué el hombre con quien había recorrido kilómetros ahora tomaba su fusil y se alejaba.
Tal vez levantó la cabeza al verlo partir.
Tal vez intentó incorporarse una vez más.
Tal vez simplemente lo siguió con los ojos.
Y después el soldado desapareció entre el monte.
No hubo ceremonia.
No hubo última orden.
No hubo despedida digna.
Solo el Chaco.
El calor.
Las espinas.
Y un animal que había confiado hasta el final.
Boquerón se convirtió en una de las páginas más importantes de nuestra memoria militar. Aquellos hombres merecen ser recordados por lo que soportaron y por aquello que fueron capaces de hacer en circunstancias que hoy resultan difíciles de imaginar.
Pero al lado de ellos hubo compañeros silenciosos.
Animales que cargaron soldados y pertrechos, atravesaron caminos imposibles y soportaron un conflicto que jamás pudieron comprender.
No podemos decir que murieron conscientemente por la patria.
Ellos no conocían esa palabra.
Quizás por eso su historia sea todavía más triste.
No sabían qué era Paraguay.
Pero llevaron paraguayos sobre el lomo.
No comprendían qué era una frontera.
Pero murieron dentro de ella.
No conocían nuestra bandera.
Pero caminaron junto a los hombres que la defendían.
Y cuando terminó la guerra nadie volvió para colocar una medalla sobre aquellos cuerpos.
Nadie escribió sus nombres.
Nadie supo cuántos tuvieron uno.
Quizás uno se llamaba Lucero.
Quizás otro era simplemente Moro.
Quizás algún soldado tenía para el suyo uno de esos nombres que solo comprendían los dos.
Después el hombre murió.
O regresó.
Y el nombre desapareció con él.
Eso también hace la guerra.
No solamente mata vidas.
Borra pequeñas historias.
Hoy recordamos Boquerón.
Pero quisiera que este recuerdo fuera para ellos.
Para los caballos que conocieron la sed del Chaco.
Para los que siguieron los camiones de agua esperando algo que muchas veces ya no estaba.
Para los que acercaron el hocico a recipientes vacíos.
Para los que caminaron mientras pudieron.
Para los que cayeron.
Y especialmente para aquellos que vieron alejarse al hombre en quien confiaban sin comprender por qué no regresaba.
Hay una imagen que quisiera conservar.
No sabemos si ocurrió exactamente así, pero podría haber ocurrido cientos de veces.
Un soldado empieza a caminar.
Detrás queda su caballo.
Durante kilómetros habían dejado juntos sus marcas sobre la tierra.
Dos huellas de botas.
Cuatro huellas de cascos.
Por primera vez las huellas se separan.
Las del hombre continúan hacia Boquerón.
Las otras terminan allí.
Quizás aquel soldado miró hacia atrás una última vez.
Quizás no pudo hacerlo.
A veces mirar atrás duele demasiado.
El caballo permaneció tendido bajo aquel cielo inmenso sin saber que había hecho todo lo que se esperaba de él.
Sin saber que la guerra algún día terminaría.
Sin saber que Paraguay recordaría durante generaciones a los hombres de Boquerón.
Él no tendría monumento.
Ni una placa.
Ni siquiera una tumba con su nombre.
Solo tendría la última caricia de aquel muchacho.
Y después, silencio.
Casi un siglo más tarde, nosotros podemos concederle algo que la guerra no pudo darle.
Un instante de memoria.
Porque tal vez no necesite una estatua.
Tal vez sea suficiente imaginarlo una vez más caminando al lado de aquel soldado.
Antes del hambre.
Antes de la sed.
Antes de que el Chaco los separara.
El hombre con una mano sobre las riendas.
El caballo siguiéndolo tranquilo.
Los dos avanzando juntos sin saber todavía que solamente uno volvería a casa.
Y pensar que, durante todos estos años, quizá el Paraguay recordó al soldado…
pero olvidó al amigo que quedó esperándolo en el camino.

Autor: Hugo Alessandro Cicciolli Almada
Coordinador de Bloque de Carreras de la FEaDyS

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